MARTIRES PARA LA UTOPIA
Felipa Pucha y Pedro Cuji.
17 de Junio de 1983
Ecuador
Campesinos indígenas, mártires del derecho a la tierra en Culluctuz, Ecuador. Campesinos indígenas. Felipa es madre de seis niños y Pedro es padre de dos. Pertenecen a la comunidad de Culluctuz, parroquia de Cicalpa, provincia de Chimborazo.
Asesinados por reclamar el derecho a la tierra. Salvador Santos es un hacendado que se adueña de las tierras de cuatrocientos indígenas que la trabajan en forma de huasipungos. Como todos los intrusos, convierte a los indígenas casi en esclavos: trabajo duro para toda la familia en el campo y servicio doméstico en la casa, por una paga miserable. Cuando no están conformes con el rendimiento él o sus caporales los castigan con varillas de hierro. Salvador Santos decide suspender por siete meses a los campesinos de su hacienda, mientras llama a otros trabajadores, prometiéndoles tierras. “Nuestros mayores han quedado callados ante tanta injusticia, pero nosotros vamos a organizarnos”, dice José Chiliquinga, de 22 años. Hizo un curso en Gatazo, “y se me han abierto ideas”, dice. Desde entonces, José es amenazado de muerte, “porque hago abrir los ojos a la gente y la solivianto”, agrega. Cuenta con el apoyo de su comunidad y del párroco y tienen un abogado que los defiende.
Ante el problema de los despidos, se fija el día 16 de junio para una reunión de arreglo entre los campesinos, con su abogado, los representantes del Instituto Ecuatoriano de Reforma Agraria y Colonización, IERAC, y Salvador Santos. Pero estos no se presentan. Esa tarde, José pasa cerca de la casa de Santos y el mayordomo le tira del pelo y lo echa al suelo. Unas mujeres que ven la escena toman al mayordomo y lo bañan en el río. Santos está ausente y es avisado de que los comuneros han asaltado la hacienda. Aparece al otro día, con dos hijos y tres policías, armados con fusiles. “¡Por lo menos tienen que matar a uno. Para eso les pago!”, ordena Santos. Los policías, borrachos, disparan y una bala roza la cabeza de José y atraviesa la de Felipa Pucha, que muere al instante. Los campesinos garrotean al asesino, que sale corriendo perseguido por Pedro Cuji, pero el policía se da vuelta y lo mata de un tiro. Sigue corriendo hacia el río, cae entre las piedras, las mujeres lo amarran y lo hacen declarar. Ni siquiera sabe cuánto ha cobrado el sargento para este “servicio” hecho a Santos. Que huye con sus cómplices para pedir refuerzos. Los campesinos tumban dos árboles para cerrar la carretera y avisan a las otras comunidades. Llegan cuarenta agentes de policía. Pero el abogado logra evitar una masacre. “La sangre inocente será semilla de liberación”, dicen los campesinos.




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