Nacida como un encuentro entre amigos, La Rueda de Candombe reunió a cientos de personas alrededor de una mesa y trasladó a la Plaza España una práctica musical inspirada en las rodas brasileñas. Su crecimiento revela el poder comunitario del candombe, pero también abre preguntas sobre el reconocimiento de sus raíces afro-uruguayas, la utilización de las plazas y los riesgos de convertir una tradición de resistencia en un simple espectáculo.
En la Plaza España de Montevideo no hay escenario elevado ni una separación rígida entre quienes interpretan la música y quienes llegan a escucharla. Los músicos se colocan alrededor de una mesa. Cerca de ellos, el público permanece de pie, canta, baila, observa y, por momentos, parece formar parte de una misma conversación sostenida por tambores, guitarras, acordeón y voces.
Esa disposición circular es una de las características de La Rueda de Candombe, un encuentro musical que comenzó como una reunión informal y terminó congregando a cientos de personas en un espacio público de la Ciudad Vieja. Lo que inicialmente cabía dentro de un pequeño local fue creciendo hasta desbordar sus límites y trasladarse a la plaza. Durante la temporada, las presentaciones llegaron a convertirse en uno de los acontecimientos culturales más comentados de Montevideo.
La experiencia fue impulsada por Caleb Amado y Rolo Fernández después de un viaje realizado a Río de Janeiro en 2024. Allí conocieron de cerca las rodas brasileñas: encuentros en los que los músicos se reúnen alrededor de una mesa mientras el público los rodea y participa de una experiencia que conserva la cercanía de una reunión barrial, incluso cuando la convocatoria comienza a crecer.
Al regresar a Uruguay, tomaron aquella estructura y la adaptaron a una identidad musical propia. Junto con otros cuatro integrantes formaron La Rueda de Candombe. La disposición recordaba a las rodas de samba, pero el repertorio, la sonoridad y la memoria que sostenían el encuentro eran uruguayos. El tambor dialogaba con la guitarra, el acordeón y las voces en una formación que recuperaba el candombe canción y otras formas desarrolladas durante décadas por la música popular del país.
Del bar a la plaza
Las primeras presentaciones se realizaron en Santa Catalina, un bar de Montevideo. Alrededor de un centenar de personas llegó a reunirse en un espacio que pronto resultó insuficiente. La convocatoria continuó creciendo y la actividad terminó trasladándose a la cercana Plaza España.
El cambio no fue solamente una cuestión de capacidad. Pasar de un establecimiento cerrado a una plaza modificó el sentido del encuentro. El público ya no necesitaba ingresar a un local ni ajustarse a la lógica tradicional de un espectáculo. La música comenzó a convivir con la circulación de la ciudad, con quienes se acercaban deliberadamente y con quienes descubrían la actividad mientras atravesaban la zona.
Las redes sociales ampliaron la convocatoria. Llegaron visitantes, músicos conocidos y personas que quizá no frecuentaban las llamadas, los ensayos de comparsas o los espacios donde tradicionalmente se escucha candombe. La Rueda grabó un disco, compartió una actuación con Jorge Drexler en el Estadio Centenario y fue invitada en 2025 a representar a Uruguay en actividades culturales vinculadas con el Festival de Cannes.
Su crecimiento muestra que todavía existe una fuerte demanda por experiencias presenciales y colectivas. En una época marcada por el consumo individual de contenidos, miles de canciones disponibles en teléfonos y relaciones mediadas por plataformas, el público vuelve a reunirse alrededor de músicos que tocan a pocos metros de distancia.
No hay allí una audiencia completamente pasiva. La forma circular reduce la distancia entre el centro y los bordes. Algunas personas bailan; otras aprenden pasos observando a quienes conocen mejor el lenguaje corporal del candombe. La música organiza temporalmente el espacio y convierte una plaza de tránsito en un lugar de permanencia.
Una historia que no comienza con La Rueda
El éxito del encuentro no puede comprenderse separado de la historia afro-uruguaya. El candombe surgió de las comunidades africanas y afrodescendientes que preservaron y recrearon sus formas de expresión en condiciones de esclavitud, persecución y discriminación.
La práctica se desarrolló durante los siglos XVIII y XIX mediante rituales, danzas, cantos y toques que permitieron conservar memorias, construir vínculos comunitarios y sostener formas de comunicación. Con el paso del tiempo adquirió características propias en Montevideo, especialmente en Barrio Sur, Palermo y Cordón.
Sus tres tambores fundamentales —chico, repique y piano— cumplen funciones diferentes y complementarias. El chico sostiene una base constante; el piano aporta la voz grave; el repique improvisa, responde y abre posibilidades dentro del ritmo. La cuerda funciona como un diálogo, no como una suma de percusiones aisladas.
En 2009, la Unesco incorporó el candombe y su espacio sociocultural a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. La denominación es importante: el patrimonio reconocido no es solamente un ritmo musical, sino una práctica comunitaria vinculada con lugares, memorias, relaciones sociales y formas de transmisión entre generaciones.
Durante mucho tiempo, sin embargo, el candombe fue discriminado, restringido y considerado por sectores de la sociedad como una expresión marginal. Las comunidades afrodescendientes debieron sostenerlo frente al racismo, las prohibiciones y la transformación urbana que desplazó a muchas familias de sus territorios históricos.
La demolición de conventillos como el Medio Mundo y Ansina durante la dictadura no significó solamente la desaparición de construcciones deterioradas. También dispersó comunidades y alteró espacios donde se habían transmitido prácticas culturales y redes de solidaridad.
Por eso, cada nueva expansión del candombe contiene una conquista, pero también una responsabilidad. Que la música llegue a públicos amplios puede contribuir a enfrentar la discriminación histórica. Pero esa popularidad no debería borrar a las comunidades que la preservaron ni reducir su historia a un producto atractivo para el turismo.
La recuperación del espacio público
La Rueda también plantea una discusión sobre la ciudad. Montevideo posee plazas, parques, ramblas y calles con una fuerte presencia en la vida cotidiana, pero eso no significa que todos los grupos sociales puedan utilizarlos en igualdad de condiciones.
El espacio público está atravesado por regulaciones, controles, desigualdades y disputas. Algunas actividades son promovidas institucionalmente mientras otras reciben denuncias por ruidos, límites horarios o uso del territorio. En muchos barrios, además, las plazas se han convertido más en lugares de circulación que de encuentro prolongado.
Una actividad musical regular puede modificar esa relación. La plaza deja de ser un escenario vacío que ocasionalmente recibe un espectáculo y se convierte en una parte activa de la experiencia. La gente vuelve, reconoce a otras personas y construye cierta familiaridad con el lugar.
El candombe mantiene una relación histórica con la calle. Las llamadas, los ensayos barriales y las salidas de tambores no podrían trasladarse completamente a una sala sin perder parte de su sentido. El desplazamiento, el sonido que se aproxima, el diálogo con las viviendas y la ocupación colectiva de la calle forman parte de la práctica.
La recuperación del espacio público, sin embargo, no debería ser entendida como la simple instalación de una actividad exitosa. También exige garantizar condiciones de convivencia, acceso, transporte y cuidado. Cuando un encuentro crece, aparecen necesidades nuevas: limpieza, seguridad, respeto por quienes viven en la zona y mecanismos que impidan que la institucionalización termine desplazando a sus protagonistas.
Popularidad, reconocimiento y apropiación
El momento de expansión del candombe ha generado debates dentro de la propia comunidad afro-uruguaya. La presencia creciente de músicos blancos, la comercialización del género y su incorporación a grandes espectáculos pueden aumentar su visibilidad, pero también producir un desprendimiento entre la música y su historia.
Artistas e investigadores afro-uruguayos han advertido que el candombe no debe ser presentado únicamente como entretenimiento. Chabela Ramírez, una de sus referentes y también una voz del feminismo afro, ha insistido en que la práctica conserva una dimensión de resistencia, espiritualidad y comunicación nacida bajo la opresión. Otros músicos señalan que, aunque las comunidades negras heredaron la fuerza cultural del género, no siempre controlan los espacios económicos, empresariales y mediáticos que se benefician de su expansión.
No se trata de establecer que solamente las personas afrodescendientes puedan tocar candombe. Una práctica cultural viva crece, se mezcla y encuentra nuevos intérpretes. La pregunta es otra: quiénes reciben reconocimiento, quiénes toman las decisiones, quiénes obtienen beneficios económicos y qué relato se cuenta sobre sus orígenes.
La popularidad puede convertirse en una oportunidad para reconocer el aporte decisivo de la población afro-uruguaya a la identidad nacional. Pero también puede producir una versión despolitizada del candombe, separada del racismo, la esclavitud, los desplazamientos urbanos y las luchas por derechos.
La Rueda se encuentra dentro de esa tensión. Su capacidad para reunir a públicos diversos constituye una fortaleza. También le otorga la posibilidad de contribuir activamente a la transmisión de la historia que sostiene la música.
Una rueda que puede seguir creciendo
Después del cierre de la temporada en Plaza España, los organizadores anunciaron nuevos proyectos y la intención de llevar la experiencia a otros espacios de Montevideo.
Esa expansión puede permitir que el encuentro no quede limitado a la Ciudad Vieja ni se transforme en una postal destinada principalmente a visitantes. Trasladar la rueda a otros barrios podría reforzar su dimensión comunitaria, siempre que se construyan vínculos con las organizaciones, comparsas y habitantes de cada territorio.
La experiencia demuestra que una iniciativa cultural nacida sin una gran estructura puede apropiarse de un espacio, reunir generaciones y producir una forma distinta de habitar la ciudad.
Pero el aspecto más valioso de La Rueda no está solamente en la cantidad de asistentes ni en su proyección internacional. Está en la posibilidad de reunir a las personas alrededor de una música que atravesó siglos de discriminación y continúa funcionando como memoria, lenguaje y construcción colectiva.
Cuando suenan los tambores, la plaza deja de ser únicamente un lugar físico. Se convierte en un espacio donde la historia afro-uruguaya vuelve a ocupar el centro y donde la ciudad, al menos durante algunas horas, se reconoce a sí misma alrededor de una rueda.

Tecnofascismo: cuando el poder digital aprende a gobernar el miedo
17 de julio de 1936: noventa años de una herida que todavía habla
Un video para entender mejor el presente.
América Latina ante una nueva ofensiva conservadora
Uruguay en la cumbre de Rubio: una vergüenza diplomática vestida de seguridad
¿Reorganización administrativa o cambio de política? El debate que reabre la unificación de las secretarías de Derechos Humanos