El 17 de julio de 1936 comenzó en el Protectorado español de Marruecos la sublevación militar contra la Segunda República. Su fracaso parcial abrió paso a la Guerra Civil española, a tres años de violencia devastadora y a casi cuatro décadas de dictadura franquista. Noventa años después, España sigue discutiendo cómo recordar, cómo reparar y qué hacer con los cuerpos que aún esperan ser devueltos a sus familias.
El 17 de julio de 1936 no fue solo el inicio de una sublevación militar. Fue el comienzo de una fractura histórica que atravesó familias, pueblos, cementerios, escuelas, iglesias, sindicatos, periódicos, canciones, cárceles y exilios.
La Guerra Civil española suele recordarse a partir del 18 de julio, fecha en que el levantamiento se extendió a la península. Pero el golpe comenzó un día antes, el 17 de julio de 1936, en el Protectorado español de Marruecos, en ciudades como Melilla, Tetuán y Ceuta, antes de propagarse al resto del territorio. La Fundación Internacional Baltasar Garzón recuerda que la sublevación fue dirigida contra el gobierno legítimo de la Segunda República y que el golpe, al no triunfar plenamente, abrió paso a la guerra FIBGAR.
Noventa años después, aquella fecha no pertenece únicamente a España. Pertenece también a la historia de América Latina, porque miles de republicanos cruzaron el océano, llevaron consigo oficios, libros, ideas, heridas y memorias. Pertenece a quienes aprendieron, desde lejos, que el fascismo no era una palabra abstracta. Pertenece a quienes entendieron que la democracia podía ser derrotada no solo por tanques, sino también por élites que dejaron de aceptarla cuando ya no respondía a sus intereses.
La República como promesa y conflicto
La Segunda República española, proclamada en 1931 fue un proyecto democrático atravesado por tensiones profundas. Intentó modernizar un país desigual, con fuerte peso de la Iglesia, grandes propietarios rurales, Ejército politizado, movimientos obreros organizados, nacionalismos periféricos y una estructura social marcada por privilegios antiguos.
La República abrió debates sobre educación laica, reforma agraria, derechos laborales, autonomía regional, papel de las mujeres y subordinación del poder militar al poder civil. Esos cambios despertaron esperanzas en sectores populares y temor en sectores conservadores. La política se volvió cada vez más áspera. La derecha veía en la República una amenaza al orden tradicional. La izquierda veía en ella una posibilidad incompleta de justicia social.
En febrero de 1936, el Frente Popular ganó las elecciones. Para una parte de las derechas, aquella victoria no fue una alternancia aceptable, sino una señal de alarma. La conspiración militar, que venía gestándose desde antes, encontró entonces un clima más favorable para actuar. El golpe no nació de un arrebato repentino. Fue preparado por sectores militares y civiles que decidieron que la voluntad popular podía ser anulada por la fuerza.
Ese punto sigue siendo central. La Guerra Civil no comenzó porque dos Españas despertaran un día con el mismo deseo de destruirse. Comenzó por un golpe de Estado contra un gobierno constitucional. Luego, el fracaso parcial de ese golpe abrió una guerra. La diferencia no es menor. Nombrar el origen importa porque ordena responsabilidades.
El golpe que se volvió guerra
La sublevación no triunfó de inmediato en todo el país. En algunas zonas, los militares rebeldes lograron imponerse. En otras, fueron frenados por fuerzas leales a la República, milicias obreras y organizaciones populares. Esa división territorial convirtió el golpe en guerra.
España quedó partida. Ciudades, pueblos y familias fueron obligados a elegir, muchas veces sin tiempo para comprender del todo lo que ocurría. La violencia se extendió rápidamente. Hubo represión en ambos bandos, pero la violencia franquista tuvo desde el inicio un carácter sistemático de eliminación política y social. No buscaba solo ganar militarmente. Buscaba limpiar el país de sindicatos, maestros republicanos, militantes de izquierda, masones, feministas, campesinos organizados, intelectuales críticos y todo aquello que la reacción identificaba como amenaza.
La guerra española fue también un laboratorio internacional. La Alemania nazi y la Italia fascista apoyaron a los sublevados, aportando aviación, tropas, armas y estrategia. La República recibió ayuda de la Unión Soviética y de las Brigadas Internacionales, formadas por voluntarios llegados de decenas de países. Las democracias occidentales, bajo la política de no intervención, dejaron a la República en una posición desigual.
La Biblioteca de La Rioja señala que el rápido apoyo de la Alemania nazi y la Italia fascista permitió a los sublevados trasladar el Ejército de África a la península y consolidar posiciones iniciales Biblioteca de La Rioja. Esa ayuda fue decisiva. La guerra española anticipó algo de la guerra mundial que vendría después: bombardeos sobre población civil, propaganda moderna, internacionalización del conflicto y alianza entre fascismos.
El pueblo en armas y el precio de la derrota
Durante tres años, la República resistió entre heroísmo, división interna, escasez y aislamiento. Madrid, Barcelona, Valencia, el frente del Ebro, Guernica y tantos otros nombres quedaron marcados por la guerra. Pero también quedaron marcados pueblos pequeños donde no hubo grandes batallas, sino fusilamientos, cárceles, denuncias, silencios y miedo.
La Guerra Civil no fue solamente combate entre ejércitos. Fue una guerra sobre el sentido de España. Sobre quién podía enseñar, votar, organizarse, escribir, rezar o no rezar, hablar una lengua, ocupar la tierra, reclamar salario, ser mujer con derechos, ser obrero con sindicato, ser campesino con esperanza.
La derrota republicana en 1939 abrió la dictadura de Francisco Franco, que duró hasta 1975. Para cientos de miles, la guerra no terminó con el último parte militar. Continuó en cárceles, campos de concentración, trabajos forzados, depuraciones laborales, robo de niños, censura, exilio y fosas comunes. La victoria franquista no trajo reconciliación. Trajo castigo prolongado.
El Valle de Cuelgamuros, antes Valle de los Caídos, resume parte de esa memoria. El propio inventario estatal de lugares de memoria democrática lo define como el principal monumento del franquismo, concebido por Franco para celebrar su victoria militar, construido durante cerca de diecinueve años y con uso de mano de obra penada Gobierno de España. No fue un monumento neutral. Fue arquitectura de vencedores levantada sobre cuerpos y trabajos impuestos.
El exilio como otra forma de España
La derrota republicana produjo uno de los grandes exilios políticos del siglo XX. Francia, México, Argentina, Chile, Uruguay, la Unión Soviética y otros destinos recibieron a hombres y mujeres que salieron con poco más que documentos, oficios, hijos, libros y heridas.
América Latina no recibió solo refugiados. Recibió maestras, científicos, editoriales, músicos, obreros, médicos, artistas, imprenteros, actores, periodistas y militantes. En México, especialmente, el exilio republicano dejó una marca cultural profunda. En el Río de la Plata, también encontró redes solidarias y espacios donde continuar una España derrotada, pero no extinguida.
El exilio tuvo una tristeza doble. Los republicanos perdieron la guerra y, además, tuvieron que mirar desde lejos cómo el franquismo se consolidaba. Muchos murieron sin volver. Otros regresaron a una España distinta, donde la transición democrática pidió convivencia, pero muchas veces evitó justicia.
El exilio muestra que una guerra civil nunca queda dentro de las fronteras. Expulsa lenguas, saberes y futuros. Y también siembra memorias en otros territorios.
La memoria pendiente
España construyó su democracia después de 1975 sobre acuerdos complejos. La transición permitió libertades, partidos, elecciones y Constitución. Pero también dejó una relación difícil con la memoria de la guerra y la dictadura. Durante años, muchas familias siguieron buscando en silencio. Muchas fosas quedaron cerradas. Muchos victimarios murieron sin juicio. Muchos archivos tardaron demasiado en abrirse.
La memoria democrática española avanzó en las últimas décadas, empujada por familiares, asociaciones, historiadores, arqueólogos, antropólogos forenses y movimientos sociales. No fue un regalo institucional. Fue una demanda persistente de quienes no aceptaron que la paz democrática exigiera olvidar a los muertos.
A noventa años del golpe, las fosas siguen hablando. En junio de 2026, la Diputación de Cáceres anunció un proyecto para exhumar más de 300 víctimas de la represión franquista enterradas en dos fosas comunes, con financiación de la Secretaría de Estado de Memoria Democrática y trabajo arqueológico de largo plazo El País. También en 2026 se informó la recuperación de 113 víctimas en una fosa común de Campillos, en Málaga, dentro de los trabajos del Plan Estatal de Exhumaciones Cadena SER.
Esos datos impiden hablar de la Guerra Civil como asunto cerrado. Una guerra no termina para una familia mientras no sabe dónde está su abuelo, su madre, su hermano, su vecina. La historia sigue siendo presente cuando los cuerpos permanecen bajo tierra sin nombre.
Pequeña actualización a 2026
El 90 aniversario llega en un momento de renovada actividad memorial y también de disputa política. En Sevilla, la Diputación inauguró una programación titulada “Del Olvido a la Luz”, dedicada a la memoria histórica y democrática de la provincia entre 1936 y 2026 Diputación de Sevilla. El portal institucional “España en libertad” también organizó un seminario sobre la Guerra Civil 90 años después, subrayando que el conflicto puso fin a la experiencia democrática republicana y sigue influyendo en la realidad política y social española España en libertad.
Al mismo tiempo, las políticas de memoria siguen siendo discutidas por sectores que las presentan como revancha o división. Pero abrir fosas no divide a una sociedad. Lo que divide es negar a las familias el derecho a enterrar a sus muertos. Investigar no reabre heridas. Muestra que muchas nunca cerraron.
Noventa años después, el 17 de julio de 1936 recuerda que la democracia puede ser frágil cuando las élites dejan de respetarla, cuando el odio se organiza y cuando la violencia se presenta como salvación nacional. También recuerda que la memoria no es un lujo del pasado. Es una defensa del presente.
Porque una sociedad que no sabe dónde están sus muertos camina sobre una pregunta. Y tarde o temprano, esa pregunta vuelve.

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