La cercanía entre la FIFA y el gobierno de Donald Trump, las restricciones migratorias, el crecimiento de las apuestas, la comercialización extrema y las dudas sobre las condiciones laborales muestran que el mayor torneo de fútbol del mundo está lejos de ser un espacio neutral.
Cuando todavía falta la final del Mundial de 2026, el torneo ya dejó una imagen contradictoria. Millones de personas volvieron a reunirse alrededor del fútbol, siguieron partidos que produjeron alegría, frustración e inesperadas identificaciones colectivas. Al mismo tiempo, la competencia mostró hasta qué punto un acontecimiento popular puede quedar subordinado a gobiernos, patrocinadores, plataformas tecnológicas y empresas de apuestas.
El primer Mundial con 48 selecciones y 104 partidos fue presentado como una celebración continental organizada conjuntamente por Estados Unidos, México y Canadá. Pero la distribución del poder no fue tan equilibrada como la geografía sugería. Estados Unidos concentró la mayoría de los encuentros, las instancias decisivas y el centro político y comercial de la competencia.
El fútbol continuó siendo un lenguaje popular, pero la organización del espectáculo quedó en manos de una estructura que transforma las pasiones en derechos televisivos, patrocinios, entradas, datos personales y oportunidades de influencia política.
Trump también quiso entrar en la cancha
La relación entre Donald Trump y el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, fue uno de los rasgos más visibles del torneo. El gobierno estadounidense creó una fuerza especial para coordinar la organización y la seguridad del Mundial, presidida por el propio Trump. Infantino acompañó públicamente esa estructura y mantuvo una cercanía con la Casa Blanca que provocó cuestionamientos sobre la independencia política de la FIFA.
La situación adquirió otra dimensión después de la expulsión del delantero estadounidense Folarin Balogun. Trump se comunicó con Infantino para reclamar la revisión de la sanción y la FIFA suspendió temporalmente su cumplimiento, permitiendo que el jugador participara en el siguiente partido. La federación belga manifestó su sorpresa y sectores del fútbol europeo cuestionaron una decisión que pareció conceder al país anfitrión un tratamiento excepcional.
El problema no es determinar si la expulsión había sido justa o excesiva. Las decisiones arbitrales pueden revisarse dentro de los mecanismos deportivos. El interrogante aparece cuando el presidente de una potencia llama directamente al responsable máximo de la FIFA y obtiene una modificación favorable para su selección.
La escena expuso una contradicción. La FIFA exige que los jugadores y las federaciones eviten expresiones políticas, pero su propia conducción mantiene vínculos estrechos con gobiernos que utilizan el torneo como plataforma de legitimación.
Un Mundial abierto, pero no para todas las personas
La competencia fue promocionada bajo la idea de que Norteamérica recibiría al mundo. Esa promesa convivió con políticas migratorias, prohibiciones de viaje, controles extraordinarios y dificultades para acceder a visas.
Antes del comienzo del torneo, organizaciones de derechos humanos reclamaron a la FIFA garantías para aficionados, periodistas, trabajadores y comunidades migrantes. Advirtieron que las restricciones adoptadas por el gobierno estadounidense podían impedir la entrada de personas procedentes de algunos de los países participantes y generar temor entre residentes indocumentados de las ciudades anfitrionas.
La contradicción fue evidente: la publicidad invitaba a celebrar la diversidad mundial mientras las fronteras aplicaban criterios profundamente desiguales. Quienes poseían pasaportes de países ricos, capacidad económica y acceso a los sistemas de visado podían desplazarse con relativa facilidad. Para otros aficionados, asistir al Mundial significaba atravesar prohibiciones, depósitos económicos, entrevistas consulares o el riesgo de una detención migratoria.
La movilidad global prometida por el fútbol continuó organizada por las mismas jerarquías que condicionan las migraciones laborales, los refugios y los viajes cotidianos.
El gran ganador económico
La FIFA se encaminó a obtener alrededor de 13.000 millones de dólares mediante derechos de transmisión, patrocinios y acuerdos comerciales vinculados con el ciclo del Mundial. Las ciudades anfitrionas, en cambio, recibieron beneficios mucho más moderados de los proyectados. En varios destinos, los visitantes del torneo sustituyeron a turistas habituales en lugar de agregar un flujo completamente nuevo de consumo.
La diferencia revela quién controla el negocio. La FIFA vende el acontecimiento globalmente, mientras los gobiernos locales asumen una parte importante de los costos de seguridad, movilidad, acondicionamiento urbano y servicios públicos.
Las entradas también se convirtieron en una zona de conflicto. Un tribunal alemán dictó una medida contra prácticas utilizadas en la reventa oficial y reclamó mayor transparencia sobre los vendedores y los precios. La FIFA obtiene comisiones dentro del mercado secundario, por lo que también participa económicamente cuando las localidades vuelven a venderse a precios superiores.
El aficionado deja entonces de ser solamente integrante de una comunidad deportiva. Es tratado como comprador de entradas, consumidor de transmisiones, objetivo publicitario y fuente permanente de datos.
El Mundial sigue produciendo emociones genuinas. Precisamente por eso posee semejante valor económico. Las empresas no inventaron el amor por el fútbol: aprendieron a capturarlo y cobrar por cada una de sus expresiones.
La pantalla convertida en casino
La expansión de las apuestas deportivas fue otra de las marcas del torneo. En Brasil, una medición realizada por la empresa financiera Klavi indicó que la proporción de personas que apostaban pasó del 11 % al 35 % desde el comienzo del Mundial. El dato no representa por sí solo a toda la población, pero muestra la intensidad con que las plataformas consiguieron asociar el acto de mirar fútbol con la necesidad de arriesgar dinero.
La publicidad ya no invita solamente a apostar por el ganador. Ofrece pronósticos sobre goles, tarjetas, tiros de esquina, jugadores y situaciones que se modifican durante el partido. Cada minuto puede convertirse en una transacción.
La promesa se construye alrededor de una ficción: que el conocimiento futbolístico permite vencer sistemáticamente a empresas que diseñan las probabilidades, controlan las plataformas y establecen las condiciones de pago. Las pérdidas, sin embargo, recaen sobre los hogares.
En Brasil, el crecimiento de la actividad produjo reclamos para limitar la publicidad y revisar la forma en que las transmisiones mezclaban comentarios periodísticos con promociones comerciales. Las autoridades exigieron explicaciones a medios y casas de apuestas, mientras especialistas y organizaciones advirtieron sobre endeudamiento, problemas de salud mental y deterioro de los ingresos familiares.
La relación entre fútbol y apuestas también tiene una dimensión de clase. Para una persona con ingresos elevados, una apuesta puede representar un entretenimiento ocasional. Para quienes viven bajo precariedad y endeudamiento, la posibilidad de obtener dinero rápidamente puede transformarse en una salida imaginaria frente a problemas materiales reales.
El Mundial no produjo esas desigualdades, pero el mercado de apuestas aprendió a utilizarlas.
Los trabajadores que no aparecen en las transmisiones
Detrás de cada partido hubo obreros de la construcción, personal de limpieza, seguridad, transporte, gastronomía, atención al público y miles de voluntarios. Su presencia fue indispensable, aunque rara vez ocuparon el centro del relato.
Durante las obras de renovación del Estadio Azteca, la Internacional de Trabajadores de la Construcción y la Madera denunció que la FIFA había impedido una inspección sindical destinada a examinar las condiciones laborales. La organización sostuvo que existía opacidad en el control de las obras. La FIFA respondió que la responsabilidad directa correspondía a los encargados locales y que los derechos laborales eran supervisados mediante sindicatos y otros actores.
La controversia muestra una práctica habitual de los grandes acontecimientos: las ganancias, la imagen y las decisiones se centralizan, pero las responsabilidades se distribuyen entre contratistas, administraciones locales y empresas intermediarias.
La pregunta no se agota en cuántos empleos genera un Mundial. También importa saber cuánto duran, cuánto se paga, qué protección reciben las personas empleadas y qué sucede cuando termina el torneo.
Nacionalismo, guerra y masculinidad
Las selecciones nacionales condensan sentimientos que exceden al deporte. Una camiseta puede reunir memorias familiares, migraciones, identidades barriales y deseos de reconocimiento colectivo. El problema aparece cuando gobiernos, dirigentes o medios convierten esa identificación en obediencia política.
La semifinal entre Argentina e Inglaterra volvió a demostrarlo. Después de la victoria argentina, algunos jugadores exhibieron una bandera con la consigna “Las Malvinas son argentinas”. La acción podía ser sancionada por las normas de la FIFA que prohíben mensajes políticos, pero también mostró que la organización no puede separar por decreto el fútbol de las historias nacionales que lo atraviesan.
La FIFA decide qué expresiones considera políticas y cuáles forman parte aceptable del espectáculo. Una bandera puede ser prohibida, mientras la presencia del presidente estadounidense, los acuerdos con gobiernos y las campañas de patrocinadores son presentados como elementos naturales del torneo.
El fútbol también continúa asociado con modelos tradicionales de masculinidad. Al jugador se le exige soportar el dolor, ocultar el miedo, responder a la provocación y representar el orgullo nacional. Al aficionado se le ofrece un lenguaje donde la derrota puede interpretarse como humillación y la agresividad como demostración de pertenencia.
Pero el deporte no está condenado a reproducir esos mandatos. Las tribunas también pueden ser espacios de encuentro entre generaciones, migrantes, mujeres y diversidades. La disputa cultural consiste precisamente en decidir qué formas de vivir el fútbol reciben visibilidad y legitimidad.
Recuperar el fútbol sin idealizarlo
Denunciar la captura política y comercial del Mundial no implica despreciar a quienes lo disfrutan. El fútbol sigue siendo una de las grandes experiencias culturales populares del mundo porque permite compartir emociones, construir relatos y reconocer capacidades colectivas.
La crítica debe dirigirse hacia quienes administran esa pasión como una propiedad privada.
Una organización democrática del fútbol exigiría transparencia en las decisiones disciplinarias, límites estrictos a la intervención de gobiernos, auditorías laborales independientes, protección para migrantes y periodistas, precios accesibles y restricciones efectivas a la publicidad de apuestas.
También requeriría reconocer que las personas aficionadas no son solamente clientes y que las ciudades no son escenarios disponibles para las necesidades de una corporación internacional.
El Mundial mostró nuevamente que el fútbol nunca fue neutral. En él se encuentran el mercado, las naciones, las desigualdades, las memorias y los conflictos de cada época.
La cuestión no es expulsar la política del deporte. Eso sería imposible.
La cuestión es determinar quién tiene derecho a intervenir: los gobiernos que buscan legitimidad, las empresas que convierten cada emoción en una mercancía o las comunidades que construyeron el fútbol mucho antes de que la FIFA aprendiera a venderlo.

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